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lunes, 19 de agosto de 2019

Amazona


Celeste Doom, ese fue el nombre que lo cambió todo. Ella fue el detonante que hizo que cambiara nuestro mundo. Sin embargo, antes de que ella apareciera, la necesidad de un cambio ya rondaba en el ambiente.
Todo empezó con un movimiento, provocado principalmente por las agresiones y maltratos del género sumiso, anteriormente conocido como “hombre”, hacía las mujeres. Ese movimiento llegó a los medios, a la educación y poco a poco fue cambiando la mentalidad de muchas personas. El movimiento en sí, empezó siendo pacifico, pero poco a poco se fue volviendo radical.
Las Feminas, un grupo de patrulla urbana, fue creado con el propósito de controlar y vigilar al género sumiso. Los criminales podían ser acusados de diversos delitos, hasta llegar al punto de que una simple mirada obscena, sentarse con las piernas abiertas o un piropo podían conllevar penas extremadamente duras.

Las Feminas también se metieron en la educación de los varones, instaurando una nueva ley por la cual todo hijo varón debía ser internado en una institución de reeducación social, donde los sujetos eran redirigidos y reeducados en el nuevo orden, donde las mujeres tenían el control sobre el género sumiso.
Tras las primeras revueltas, protestas y manifestaciones, Celeste Doom apareció de la nada y con la ayuda de las Feminas tomó el control sobre el gobierno y activó el protocolo Amazona, una serie de normas de convivencia y orden social que todos los ciudadanos debían acatar.
Han pasado más de 40 años desde que se activó el protocolo Amazona, yo misma nací ya en el nuevo orden, por lo que desconozco como era la vida antes de la aparición de Doom. Sin embargo, me cuesta creer que el género sumiso fuera capaz siquiera de mostrar agresividad, aunque mi madre, Anaya, me asegura siempre que son peligrosos aún hoy en día.
Suena el timbre de la puerta y contengo la respiración, sé quién hay tras la puerta. Hoy es el día de la asignación, por lo que el gobierno ha oído mis plegarias y me ha concedido a mi primer varón para tener hijos. El sumiso cumplirá todas mis órdenes, estará a mi servicio hasta el día en el que me dé hijos. Será entonces cuando volverá al centro de reeducación y se le asignarán otras tareas.
—Adelante, la puerta está abierta — dice mi madre sentada en el salón.
Oigo como la puerta se abre y como unos pasos se acercan al salón. Yo desde el otro lado de la mesa, me giro lentamente para descubrir a mi sumiso, un hombre de más o menos mi edad, de pelo castaño y barba recortada. No levanta la mirada del suelo, no se le permite mirarnos.
—Perfecto — dice mi madre — ya puede irse.
La fémina le quita las esposas al sumiso, pero le deja el collar para que nosotras podamos controlarle en caso de que se vuelva agresivo.
—Por la unión — se despide la fémina antes de cerrar la puerta tras ella.
—Por la unión — respondemos al unísono.
Me levanto de la silla y observo al varón, lleva la túnica negra reglamentaría, que oculta las características de su sexo.
—¿Qué te parece? — me pregunta mi madre.
—Servirá — contesto algo intimidada por su presencia.
—Llévale al centro, cómprale la túnica de sumiso doméstico, la que lleva no es apropiada — me sugiere mi madre.
—Está bien.
Insegura, le ato la correa al collar de su cuello, él no protesta, no dice nada, tan solo mantiene la mirada fija en el suelo. Le arrastro conmigo y juntos salimos a la calle.
—Dime, ¿cómo te llamas? — le pregunto.
—8564, señora — responde.
Me muerdo el labio, sé que no es apropiado intimidar con el sumiso, pero me entra la curiosidad.
—¿Y tú verdadero nombre?
8564 levanta rápidamente la mirada y aparta la vista en cuanto nuestros ojos se cruzan. Él sabe tan bien como yo, que esa pregunta no entra dentro del protocolo Amazona.
—Eloy — responde casi en un susurro.
—Me gusta pasear contigo, Eloy, creo que deberíamos hacerlo más a menudo, ¿no crees?
—Sí, mi señora.
Los paseos se vuelven rutinarios e incluso más largos de lo que deberían, despertando así cierto recelo por parte de Anaya.
—Creo que deberíamos cambiar de sumiso — dice Anaya.
—¿Qué? ¿por qué?
—Porque aún no te ha dado hijos y creo que pasas demasiado tiempo con él, las vecinas podrían empezar a sospechar.
—Pero mamá — protesto — esto lleva su tiempo, no es tan fácil tener hijos en estos tiempos.
—Una semana, le doy solo una semana más, si no te quedas embarazada después de ese tiempo, 8564 deberá irse.
—De acuerdo.
Entro en mi habitación alterada, allí me espera Eloy que nota al segundo mi preocupación:
—Lo sabe — le digo — sabe que hay algo más entre nosotros.
—Tranquila — me dice abrazándome — no te preocupes, huiremos.
—¿A dónde? — contesto con lágrimas en los ojos.
—Conozco un sitio, un sitio que no está bajo el mando del gobierno, huiremos allí esta misma noche.
La espera se hace larga y tediosa, pero a la primera oportunidad, huimos en el coche de Anaya. Dejo que Eloy conduzca, algo tremendamente mal visto en la sociedad en la que vivimos, pero no tenemos tiempo para protocolos ahora.
Ya en el coche fuera de peligro me duermo, el cansancio acumulado no perdona, pero me despierta en el momento preciso:
—¿Dónde estamos? — le pregunto.
Un grupo armado de hombres y mujeres se presenta delante de nosotros y Eloy me pide que salga del vehículo con las manos en alto.
—Eloy Pelman — se acerca una de las mujeres — te estábamos esperando.
La mirada penetrante de la mujer se posa un segundo después en mí y hace que me encoja de miedo.
—Tú debes de ser Azina Doom, la heredera de Celeste Doom.
—Así es, señora.
—Bienvenida a la Resistencia.





Si te ha gustado…

Para escribir este relato me he inspirado principalmente en la serie de “El Cuento de la Criada”, aunque en esta serie las “sumisas” son las mujeres, me he planteado qué pasaría si fuera al revés.
La conclusión que se puede deducir de esto, es la misma que en la serie de la Criada, no es bueno que un género se crea superior a otro e intente imponer su voluntad, es más equilibrado el respeto mutuo para una buena convivencia, ¿no creéis?


lunes, 15 de julio de 2019

Era Biológica


Necesito dinero y eso es lo único cierto de esta historia. Me hablaron de varios métodos y formas de pago con los que conseguir dinero que utilizaría para comprar mis videojuegos y mis caprichos. Sin embargo, nadie da nada gratis y a la larga me tocaría devolver lo prestado.
Resulta irónico que tenga que estar poco menos que mendigando dinero, cuando mi padre trabaja en el Gobierno y tiene un buen puesto allí, pero así son los padres, no entienden mi afición a los videojuegos y les parece un gasto inútil. Afortunadamente para mí, mi amigo Tomás me dio la idea perfecta para conseguir el Starpunch 4, el videojuego de moda.
—Y te descargas la aplicación — sigue con las indicaciones Tomás.
—¿Y ya está?
—Sí, te irán llegando encuestas de vez en cuando y tú solo tienes que contestar las preguntas, cuantas más encuestas hagas, más dinero ganas. Claro que, si quieres ganar más dinero, las preguntas que más valen son las preguntas comprometidas y siempre tienes la opción de no contestar y por consiguiente no llevarte el dinero.


—¡Mola! — contesté pensando en el Starpunch 4.
Ese día, antes de llegar a casa, me llegó mi primera encuesta:
“¿Estudias o trabajas?”
Marqué la casilla de “Estudio” y me sorprendí cuando por la contestación de esa simple pregunta me dieron 5€.
<<Si todas las preguntas son como ésta y me pagan tanto, en menos de un mes tendré el dinero suficiente para comprarme el Starpunch 4>> pensé.
Dos días más tarde me llegó otra encuesta:
“¿Vives solo o con tus padres?”
“Con mis padres”, contesté.
“¿Te llamas Sergio Espinosa y vives en la calle Cabanillas?”
La pregunta me frenó en seco, sin duda tenía que ser una de las preguntas comprometidas de las que me habló Tomás.
Pensé en cómo habría podido averiguar la aplicación la dirección de mi casa y me di cuenta de lo fácil que es averiguar eso hoy en día por el tema de internet, pensé también en lo que ocurriría si contestaba a esa pregunta… ¿qué podría pasarme? Ya hay muchos desconocidos que saben dónde vivo.
Tras el lógico titubeo, me lancé a responder: “Sí”.
Por esa pregunta comprometida me llevé 20€.
Sabía que por las preguntas comprometidas se gana más dinero,  pero no sabía que se ganara tanto dinero.
Esa misma tarde llamé emocionado a mi amigo Tomás y le conté lo que me había pasado:
—¡Ves! ¡Te dije que por las preguntas comprometidas se gana más! — se reía Tomás.
—¡Es una pasada! ¡como siga esto así, no solo voy a poder el Starpunch 4 sino también una consola nueva y quién sabe, podría incluso vivir de contestar estas preguntas!
—¡Ya ves tío! — contestó mi amigo — tú solo no se lo digas a tus padres, que se ponen muy tontos con este tema.
—¿Por? — me sorprendí.
—Ya sabes, tu padre y el mío trabajan en un puesto importante en el gobierno y tienen miedo de que sus datos personales estén por internet, pero es una tontería, porque si la aplicación nos hace una pregunta personal de nuestros padres, simplemente nos negamos a responder la pregunta y ya está, ¿verdad?
Pensé detenidamente en las palabras de Tomás y me di cuenta de que al fin y al cabo tiene razón, no estás obligado a responder a todas las preguntas, solo respondes las que quieres.
—Sí, es verdad — respondí.
Estuve esperando casi dos semanas a recibir una nueva encuesta, ésta tardó en pronunciarse, pero cuando lo hizo me sorprendí con la pregunta:
“¿Tu padre se lleva el trabajo a casa?”
Pensé en mi padre, siempre encerrado en su despacho y en todas esas veces en las que le pedía que jugara o conmigo y él se negaba.
“Sí”, respondí.
“¿Conoces la clave de su ordenador?”
“Sí”, volví a responder un poco preocupada.
“¿Podrías escribirnos la clave?”
Sabía que no debía responder a esa pregunta, algo en mi interior me decía que estaba mal.
El sonido de la puerta principal me sorprendió, era mi padre.
—¡Papá! — exclamé al verle — ¡qué alegría que por fin estés en casa! ¿qué tal el viaje de negocios?
Como casi siempre, mi padre estaba al teléfono y a la vez que me respondía a mí, respondía al que estuviera al otro lado del teléfono:
—Bien — me respondió secamente — te he traído un regalo, toma.
Desenvolví el regalo con gran ilusión y descubrí que dentro había una pelota de futbol firmada por Messi, mi jugador de futbol favorito.
—¡Ay va! ¡está firmada por Messi! ¡no me lo puedo creer! — chillé emocionado.
—Espera un segundo, ¿quieres? — le dijo al que estaba al teléfono — ¡Sergio! ¡haz el favor de callarte! ¿no ves que estoy al teléfono?
No esperó respuesta, se fue directo a la cocina a comer el filete que le había preparado mamá.
La ira me invadió, mi padre nunca estaba cuando le necesitaba, no le importaba y si yo no le importo, ¿por qué me tiene que importar él a mí?
Volví corriendo a coger el móvil donde aún se mostraba la última pregunta de la encuesta de hoy:
“¿Podrías escribirnos la clave?”
Me fui directo al despacho de mi padre y una vez ahí me encerré, encendí el ordenador de mi padre y comprobé que la contraseña era la misma.
“SergioMessi95” respondí en la aplicación.
Acto seguido en el ordenador empezaron a mostrarse un montón de números y letras que se movían sin parar por la pantalla del ordenador, no sabía lo estaba pasando, pero sabía que no era bueno, el ordenador de mi padre se había estropeado.
Gracias — contestó una voz delante de mí.
Se me paró el corazón, quien me había respondido era un ser que jamás había visto, pero que debía haber estado ahí todo el tiempo, estaba hecho de aparatos eléctricos que había en la habitación, como la aspiradora de mi madre, la bicicleta estática de mi padre, la plancha.
A medida que se movía, todos los electrodomésticos de la sala se pegaban a él, como si fuera un imán.
La era biológica ha terminado — dijo el ser.





Si te ha gustado…

Para escribir esta historia me he inspirado en la aplicación del móvil “Rewards” con la que puedes ganar dinero respondiendo a unas “simples” preguntas.
Me he planteado el por qué alguien querría saber tantas cosas sobre nosotros y hasta dónde puede llegar el marketing y lo que podría haber detrás. ¿Estás realmente protegido en internet? ¿podría caer tu información personal en malas manos? Esa podría ser la moraleja de este relato.
Dicho esto, espero que os haya gustado mi relato y que me dejéis vuestros comentarios, dudas y opiniones al respecto.
Y un saludo de Silvia!!



domingo, 14 de abril de 2019

Zombie Survival


Es mi cumpleaños y por ello mis amigos me han preparado algo muy especial, una zombie survival. Nunca he hecho nada parecido, pero siempre he tenido curiosidad por hacerlo. El juego consiste en lo siguiente, un grupo de gente se va a las afueras de un pueblo o cualquier otro sitio escogido por el organizador y allí un grupo de maquilladores dividen este primer grupo en zombies y humanos, los maquilladores los caracterizan como el grupo que les haya tocado todo lo bien que pueden, sin embargo, si eso no es suficiente les ponen un pañuelo amarillo en el brazo a aquellos que sean humanos y un lazo rojo a aquellos que sean zombies.
—¿Qué grupo quieres ser? — me pregunta mi amigo Sergio.
—Creo que empezaré siendo humano y luego ya veremos — contesto riéndome.


Pasamos la tienda de maquillaje, donde un grupo enorme de no muertos se preparan para el juego y nos vamos a la tienda de armas, donde los organizadores nos dan las pistolas de pintura y un mapa para ubicarnos en este pueblo casi despoblado.
—Bueno, ¿qué hacemos? — pregunto.
—Vamos a dar un paseo por el pueblo, ¡hay que conocer el campo de batalla! — se ríe Álvaro.
El pueblo es viejo y sus casas están casi en ruinas, sin embargo, aún hay gente viviendo en ellas. En una de las ventanas de una casa cercana veo como una señora cierra las cortinas al vernos asustada.
—¡Eh! ¿habéis visto a esa señora? Parecía que tenía miedo — comento.
—Bueno, piénsalo desde su punto de vista, nosotros no somos más que unos forasteros invadiendo sus calles y ¡encima disfrazados de zombies! — contesta Álvaro.
—Ya, eso es cierto, pero esto de la zombie survival les beneficia, hace que la gente vaya a su pueblo que está prácticamente despoblado e incrementa los beneficios de las tiendas cercanas — replico.
—Sí, eso también es cierto, pero no dejamos de ser unos jóvenes locos corriendo por sus calles con pistolas de pintura — se ríe Sergio.
—¡Eso es verdad! — me río con él.
El juego comienza y en el camino nos encontramos con varios zombies. No había corrido más en mi vida. Sin dejar de disparar los zombies nos sorprenden al doblar una esquina y uno de ellos “ataca” a mi amigo Sergio.
—Bueno chicos, voy a convertirme en zombie a la tienda de maquillaje — dice riéndose.
—¡Luego no vengas a por nosotros! — exclama Álvaro.
—¿Bromeas? ¡es lo primero que voy a hacer!
Nos despedimos de Sergio y seguimos jugando, Álvaro y yo nos lo estamos pasando como nunca, disparando a los no muertos con pintura y corriendo de un lado para otro. Es entonces cuando nos encontramos con Sergio, un Sergio zombie.
—¡Hombre, Sergio! ¡ya nos preguntábamos cuando vendrías! — exclama Álvaro.
Sergio no contesta. Le han caracterizado extraordinariamente bien, con la piel casi traslúcida, lentillas rojas de color y sangre falsa en la mejilla.
—¿Sergio? — pregunta Álvaro un poco preocupado.
—¡Se está tomando su papel en serio! — me río con Álvaro
Sergio permanece inmóvil, mirándonos, por lo que decido darle emoción a la situación y le disparo con mi pistola de pintura, Sergio apenas se inmuta.
—¡Bang! ¡estás muerto! — me río tras dispararle.
Nuestro amigo sigue sin reaccionar.
—¿Sergio? — pregunto preocupado.
En ese momento sale corriendo a por nosotros emitiendo un gruñido extraño, casi gutural y nosotros salimos corriendo, en teoría y según las reglas del juego, Sergio había perdido la partida, sin embargo, sigue persiguiéndonos.
De pronto Álvaro se tropieza y cae al suelo, cuando me doy cuenta y me giro, descubro a Sergio arrancándole la garganta a Álvaro de un mordisco.
—¡No! — exclamo aterrado.
Salgo corriendo por todo el pueblo, estoy muerto de miedo y no sé qué pensar, acabo de ver a mi amigo matar a mi otro amigo. En el camino me encuentro a otros zombies y reconozco ese sonido casi gutural que emiten como el sonido que hacía Sergio antes de matar a Álvaro, por lo que sigo corriendo.
No sé a dónde ir y no me fío de nadie, por lo que me dirijo corriendo al campamento de maquillaje y armamento, a los organizadores. De repente alguien me agarra del hombro y me mete en una casa, es la misma anciana que vi al empezar el juego, la misma que cerró las cortinas.
—¿Estás vivo? — me pregunta apuntándome con una linterna a los ojos.
—¡Si si lo estoy! — exclamo cerrando los ojos por la molesta luz — ¿qué demonios está pasando?
La anciana apaga la luz y en la penumbra vuelve a acercarse a la ventana y a observar la calle.
—Esto no es un juego — dice — es un experimento.
—¿Qué quiere decir? — pregunto con un nudo en la garganta.
—El gobierno ha encontrado un virus mortal que transforma a la población, pero para demostrar su eficacia necesitan realizar una prueba, esta prueba, vosotros no sois más que sus conejillos de indias.
—Eso no puede ser — digo sin querer creérmelo.
—Debemos salir de aquí, tus amigos te han seguido.
Miro por la ventana y compruebo que efectivamente mis amigos avanzan hacia la casa de la anciana, ambos convertidos en zombies.
—¿Tienes algún plan? — pregunto asustado.
—Mi coche está en la otra acera, es ese Toyota rojo.
El coche que me señala está a apenas unos pasos de nosotros, si nos lo proponemos podremos conseguirlo.
—¡Vamos!
Salimos de la casa y nada más hacerlo una horda de zombies echa a correr hacia nosotros. Álvaro llega primero y se abalanza sobre mí, escupe sangre por la boca y sospecho que no es suya, grito y forcejeo pidiendo ayuda y es la anciana la que consigue quitármelo de encima.
Entramos en el coche a toda prisa y cerramos las puertas, los zombies rodean el coche, pero sorprendentemente consigo mantener la calma lo suficiente para arrancar el coche, me llevo por delante a Sergio y no miro atrás.
—¡Nos los hemos quitado de encima! — grito casi emocionado.
—No cantes victoria aún — contesta la anciana desde el asiento del copiloto — aún tenemos que conseguir salir del pueblo y el pueblo está rodeado de agentes.
Atravieso el pueblo pasando por la tienda de maquillaje y la de armamento, éstas están ahora desiertas y me doy cuenta de que la anciana tenía razón. A las afueras del pueblo los vemos, agentes y soldados rodean el perímetro, sin pensármelo dos veces acelero. No tardan en darse cuenta de mis intenciones y me piden por el megáfono que retroceda, lo ignoro.
Me niego a ser su rata de laboratorio, acelero aún más y me llevo por delante la verja metálica, los coches de policía me siguen, pero les esquivo.
—Un momento — digo mientras sigo intentando escapar de la zona afectada e intentando huir de los polis que nos siguen — si sabías todo esto, que iban a hacer un experimento con nosotros y que iban a extender un virus, ¿por qué te quedaste?
—Porque ya estaba afectada.
La miro aterrado y descubro como sus ojos se han vuelto rojos, su piel casi translucida marca sus venas y en su muñeca una herida abierta no deja de sangrar, la han mordido.
Me muerde más rápido de lo que pensaba y en mis últimos segundos de vida pienso que ha conseguido lo que quería, extender el virus más allá de la zona protegida.






Si te ha gustado…

Para escribir esta historia me he inspirado en las famosas zombie survival, siempre he querido hacer una, pero nunca he tenido oportunidad, me planteé qué podría salir mal de un juego así y de ahí, escribí este relato.
La moraleja de esta historia es la siguiente: “no te fíes de nadie y menos de una anciana simpática que parece saberlo todo”.
Dicho esto, espero que os haya gustado mi relato y que me dejéis vuestros comentarios, dudas y opiniones al respecto.
Y un saludo de Silvia!!



martes, 5 de febrero de 2019

Control


Empezó como una moda, todos querían llevar el último reloj Ciberwatch que había salido al mercado. Tenía funciones diversas, podía controlar el sueño que dormías, el tiempo que hacía en la calle o ver las notificaciones que te llegan al teléfono, además de las funciones propias de un reloj. Yo fui de las primeras en comprarme dicho reloj, no quería ser menos, todos mis compañeros tenían uno.
Al trabajar en el turno de noche, mi mayor preocupación era controlar el sueño, saber cuántas horas dormía y demás, ya que según cuenta la gente, si trabajas de noche se puede alterar el sueño y después tener problemas para dormir. Gracias a mi reloj, podía controlar esto y no solo eso, podía ver si me iba a dormir antes que otros usuarios o si tenía un sueño más o menos profundo que los demás.
En ese momento debí de darme cuenta, pero no lo vi. Las gráficas que salían en el reloj, comparando con otros usuarios era un claro indicativo de que no solo estaban atentando contra la privacidad de los demás usuarios, sino que ellos nos estaban controlando.
Lo que empezó siendo una simple moda se convirtió en una forma de vida, ya resultaba extraño encontrarse con alguien por la calle que no tuviera su Ciberwatch. Por ese motivo, se empezó a explotar dicho recurso.
El gobierno sacó un nuevo modelo de Ciberwatch para el ciudadano ejemplar. Tenía su parte buena, gracias a ese nuevo reloj podíamos ver por ejemplo los mensajes de conducción anticontaminación o nos ponía al día de los cambios legales. Sin embargo, tenía una intención oculta que no descubrí, hasta que ya fue demasiado tarde.
—¿Ya tienes el nuevo Ciberwatch? — me pregunta mi amiga Cintia.
Le enseño la muñeca con el reloj en ella a modo de respuesta.
—La verdad es que está muy bien, me ha librado de muchas multas por el protocolo anticontaminación y ¿has visto los nuevos emoticonos? ¡son una pasada!
—Me pregunto qué harán todos aquellos que no tengan el Ciberwatch, sobretodo la gente mayor que no está acostumbrada a estos cambios tecnológicos.
—¡Qué se fastidien! ¡Tendrán que adaptarse como todo el mundo!
Miro de reojo a mi amiga mientras sigo doblando la ropa que hay encima de la mesa. Cintia sigue tumbada en mi sofá, sin apartar la vista del reloj.
—¿Cuándo vienen todos? ¡tengo ganas de que empiece ya la fiesta de inauguración de tu casa!
—Estarán al llegar.
Como si nos hubieran escuchado, llaman a la puerta. Miro el reloj y me sorprendo al ver lo tarde que es.
—¡Cintia! ¡ve abriendo! ¡yo recojo esto!
Cintia hace lo que le pido mientras yo escondo la ropa recién doblada en la habitación, dispuesta ya a recibir a mis invitados. Todos entran dando voces y con buen humor, poniéndose cómodos sin necesidad de que yo se lo diga.
—¡Bueno bueno… bienvenidos! — les saludo.
Recibo de buen grado el vino y las flores que me han traído como regalo y me sorprendo al recibir un regalo inesperado.
—¿Qué es esto? — le pregunto a mi amigo Lucas.
—Es algo ilegal que hemos traído de nuestras vacaciones en Holanda, una sorpresita — contesta entre risas y tapándose la boca con el dedo índice, como si fuera un secreto.
Sospecho que sé de lo que se trata, pero esta clase de droga está prohibida aquí y vetada también por el código de conducta del ciudadano ejemplar.
—¿No nos meteremos en un lío por esto? — pregunto preocupada.
—¡Oh vamos! ¿qué pasa? ¿tienes miedo? — se ríe Cintia.
No muy convencida, decido sentarme con los demás en el salón, alrededor de la mesita de té y es Lucas el primero el abrir su regalo de Holanda para que lo probemos todos.
—¡Vamos chicos vamos a….
Se detiene de pronto, el reloj de Lucas empieza a vibrar:
—“Ciudadanos, estáis siguiendo una conducta no ejemplar, debéis deteneros o la ley os sentenciará” — dice una voz que sale del reloj de Lucas.
—Te dije que no podíamos — le digo a Lucas — va en contra de la conducta del ciudadano ejemplar.
—¡A la mierda! — dice con rabia Lucas.
Mi amigo es el primero en probarlo, seguido de los demás, cuyos relojes se activan y vibran con el mismo mensaje que dijo el reloj de Lucas.
Yo no pruebo bocado del regalo de mi amigo, por miedo al perenne mensaje que se repite una y otra vez por todo el salón.
De repente algo ocurre, cuando queremos darnos cuenta estamos todos empapados de un líquido rojo, tengo la cara salpicada de ese mismo líquido y hasta que no oigo a Lucas gritar, no me doy cuenta de qué es ese líquido rojo.
El reloj de mi amigo le ha amputado la mano izquierda, que chorrea sangre sin parar. Nosotros le miramos horrorizados, pero no tenemos tiempo para reaccionar, ya que Cintia se eleva en el aire, su reloj, atraído por una fuerza casi magnética, se ha pegado al techo, dejando a mi amiga suspendida en el aire.
Mis otros dos amigos luchan por quitarse sus respectivos relojes pero sus Ciberwatch se han activado. Uno de ellos se golpea una y otra vez con la muñeca, intenta controlarlo, pero es el reloj quien le está golpeando. Al otro en cambio, le aprieta tanto su reloj que le está cortando la circulación de su mano.
Me piden ayuda, todos me piden ayuda, pero yo me quedo en shock, ha sido todo tan rápido que no sé a quién ayudar primero.
La puerta de la entrada se rompe en ese preciso instante, dejando entrar a los policías que se llevan a mis amigos detenidos.
—¿Se encuentra bien? — me pregunta uno de los policías.
—Sí — miento.
—Tranquila, no tiene de qué preocuparse la situación está bajo control, ya sabemos que usted no consumió el producto prohibido. Seguimos a su amigo desde que llegó al aeropuerto, necesitamos saber qué pretendía hacer con ese producto prohibido y actuar en consecuencia.
Los policías se van, dejándome de nuevo a solas en mi casa nueva. Tardo varios minutos en reaccionar y cuando lo hago, solo hay una palabra que consigue salir de mi boca:
—Control.




Si te ha gustado…

Para escribir este relato me he inspirado en mi propia experiencia, ya que me he comprado recientemente un reloj… espero que no como el que sale en este relato, pero sí que me ha hecho qué pensar.
Por ejemplo, la parte de las estadísticas del sueño, compara mi sueño con el de otros usuarios… ¿realmente tiene autorización para realizar esas estadísticas? ¿guardan los datos de todos?
Tal vez en un futuro… mientras tanto… ¡qué disfrutéis de vuestro Ciberwatch!



domingo, 25 de noviembre de 2018

Eutanasia


Antes, teníamos pensiones, jubilación y descanso al cumplir nuestros correspondientes años de servicio en la sociedad. Sin embargo, ahora todo ha cambiado.
Empezó como suelen empezar estas cosas, con la manipulación de los medios. Se empezó a manipular a la gente para que empezaran a aborrecer la vejez, odiar a la tercera edad y finalmente apoyar a un dictador, en cuyo programa electoral prometió solventar este problema.
Se instauró un nuevo régimen, un régimen que en mis tiempos mozos yo mismo apoyé, en él se decretaba la instauración de la Eutanasia y se imponía una fecha límite para vivir.

Imagen sacada de: solidaridad.net

Esta nueva ley, conllevaba muchas cosas, a la edad de 67 años, todos deberíamos realizar ésta práctica, ir al Fortín y tragarnos la pastilla que nos llevaría al otro lado. Al estar obligados a cumplir esta ley, se eliminarían las pensiones, la jubilación, se trabajaría hasta la edad de la Eutanasia, con lo que ahorraría muchísimo dinero al gobierno y a la sociedad.
Todos los jóvenes apoyamos esta ley y aunque las huelgas de médicos en contra de la Eutanasia, los religiosos y la tercera edad fueron muy contundentes, la ley se instauró.
Todos esos jóvenes que votamos esta ley, ahora somos viejos y ya rondamos esos 60 años de edad, por lo que la ley que votamos, pronto caerá sobre nosotros.
Afortunadamente, hay métodos para eludirla. Me llamo Miguel Ángel Ruiz y tengo 69 años.
—¿Otra vez aquí? — me pregunta Roberto.
—Han pillado a Vanessa esta mañana, se olvidó tomarse su pastilla antiedad…
—Bueno, Vanessa tenía problemas para recordar las cosas…
—Lo sé — contesto con tristeza — he visto como la llevaban arrestada esta misma mañana, se la han llevado al Fortín…
Los dos sabemos lo que eso significa, se la han llevado al edificio Fortín, donde le harán tomarse la pastilla que terminará con su vida. Vanessa, al igual que yo, sobrepasamos la edad límite de vida y aunque tratamos de ocultar nuestra edad, a mi vecina ya se le notaba, se le olvidaban las cosas y le temblaban las manos, claros indicios de la enfermedad de Parkinson.
—Ni siquiera le han dejado despedirse de su familia — digo con melancolía.
—Ya sabes que todos acabaremos así — me devuelve a la realidad Roberto — en fin, ¿qué puedo hacer por ti?
—Necesito un nuevo carné de identidad y pastillas antiedad — contesto con firmeza.
El almacén clandestino en el que me encuentro, puede ofrecerme todo lo que necesito para sobrevivir unos años más de vida, aunque sé que todo esto no es más que una forma de alargar lo inevitable.
En este mercado negro hay de todo, pastillas antiedad, carnés de identidad falsos, botox y operaciones de cirugía estética de todo tipo, siempre está lleno de gente y siempre todos tratan de pasar inadvertidos.
De repente algo ocurre, gritos y golpes son los que se escuchan en la entrada del almacén, un pitido, un pitido de un silbato y todos sabemos lo que significa.
—¡Es la poli! — exclama Roberto aterrado.
Cunde el pánico, todos salimos corriendo en todas direcciones, pero todas las entradas están cubiertas por policías, nadie saldrá vivo de aquí. Trato inútilmente de escapar, pero de pronto, nos gasean.
Al despertar me encuentro en una sala de interrogatorios, sospecho que en el Fortín, un gran foco me alumbra y una sombra de un hombre se sienta delante de mí.
—Miguel Ángel Ruiz, 69 años… tal vez más…, de las juventudes que apoyó la Eutanasia, trabajó codo con codo en nuestro partido llegando a convertirse en funcionario del Estado y mano derecha del Ministro de Justicia — me presenta el hombre – sombra — ¿es eso correcto?
—Así es — contesto un poco asustado.
—¿Por qué un funcionario del Estado se encontraba en un almacén clandestino antiedad? — me pregunta.
—Porque con ser funcionario del Estado no basta para tener inmunidad antiedad — contesto.
Solo los líderes del partido tienen el derecho de rehusar la Eutanasia y vivir hasta que sus cuerpos aguanten, lo que ahora veo como algo completamente injusto.
—¿Se da cuenta de que por su estupidez está impidiendo que la sociedad avance? No es más que un parásito para esta sociedad, su exterminación es necesaria.
El interrogador se levanta con cierto aire de desagrado, pero yo no me pienso callar, no ahora que tal vez sea la última oportunidad que tenga de expresar lo que siento, de decir mis últimas palabras:
—Sí, es cierto, mentí sobre mi edad, pero solo porque no me dejaron otra opción. La vida no es más que un conjunto de momentos, algunos buenos y otros malos. La vida empezó de forma inexplicable y en un principio terminaba de esta misma forma. Así se quería que fuera, inexplicable, imprevista, incontrolable. Cada etapa de nuestra vida tiene un propósito, una función, al negarnos una, nos estáis negando llegar al fin de todo, a responder a todas esas preguntas que nos preguntamos, ¿por qué estamos aquí? ¿Qué significado tiene nuestra vida? Estoy convencido de que todas esas preguntas las llegaremos a saber, pero tenemos que llegar a esa última exhalación de vida, para entenderlo. Y cuando lleguemos, se sabrá de qué lado ha estado cada uno, si hay mal o bondad en nuestro interior y se aplicará el justo castigo a nuestros crímenes.
Me sacan de la sala y sé a dónde me llevan, sé que este es el final, que no hay motivos para la esperanza, pero no me quejo, porque al menos, al ocaso de mi vida he sabido que me equivocaba y es ahora, cuando pagaré por todo lo que hice.





Si te ha gustado…

Para escribir este relato me he inspirado en la política actual y en el dilema de la Eutanasia. Este tema que tanta controversia tiene, tiene una parte buena y una mala, la buena es “la libertad de la gente a decidir sobre sí mismos”, la mala, es que se puede manipular.
Con esta historia quiero señalar ese posible escenario manipulable. Llegamos a esta vida con dolor y salimos de ella con dolor y tal vez esto deba ser así, al parar una etapa de nuestra vida nos estamos impidiendo descubrir que hay al final del túnel.
Dicho esto, espero que os haya gustado mi relato y que me dejéis vuestros comentarios, dudas y opiniones al respecto.
Y un saludo de Silvia!!

Imagen sacada de: www.forotuxpan.com


domingo, 4 de noviembre de 2018

Cuerpo y Mente, Descontrol y Adicción

Ella solo piensa en respirar, sin ser capaz de abrir los ojos. El problema es que es imposible centrarse únicamente en eso. Ya que un paso basta para desencadenar un dolor y dependencia insoportables. A la vez que él recorre la oscuridad buscando mitigar el descontrol.
Él puede olerlo en las manos, en el pecho, en el estómago. Mientras corre derrotado, siente la garganta en llamas. Esa conocida sensación que sabe, de una manera u otra, que no le abandonará nunca.Aunque intente una y mil veces sofocarla con litros y litros de ese hierro azucarado que tanto le ahoga por dentro.
En cambio ella fantasea con las infinitas opciones de haber evitado dormitaren el lugar donde está. Caminando por su propia cuenta para conseguir ignorar que él, aun recorriendo caminos a la carrera, está encerrado en contra de su voluntad y pidiendo por más.Mientras ella también corre, pero a su manera.Recuerda como ellos disfrutaban con el aire fresco y el agua limpia, sin sabor.Como podían cantar y gritar claramente y sin gruñir… Deseando olvidar su adicción por el hierro y el azúcar.


Todo por culpa de un simple pozo. Aquella puerta hacia el reino de Hades. Aquel famoso pozo que estaba prohibido para las personas vivas, obedientes y sin curiosidad. Personas aparentemente iguales a lo que solía ser. Exceptuando mi curiosidad, que se veía alimentada cada noche hacia aquella insignificante apertura en la tierra.
No me importaron las continuas advertencias, amenazas y ni mucho menos los Trasegadores que todas las noches recorrían ciegos y sedientos cada camino. Mi padre fue un ejemplo de que no se podían romper las normas así como así. Cada acto tenía un precio, una consecuencia.
Mi padre era lo único que tenía. Él fue el responsable de alimentar cada día mi curiosidad con cada una de sus historias. Historias que repetía a todo el mundo sin cesar, sin miedo. Pero todas las noches, mientras los Trasegadores recorrían los senderos,solo a mí me contaba lo que ellos no querían que supiéramos. Se posaba en una rodilla al pie de mi cama y, mientras me acariciaba la mejilla, me susurraba cada palabra como si le quemara en la garganta. A la vez que yo solo podía mirarle a los ojos. Unos ojos tan distintos entre sí por culpa de su brillante cicatriz. Un corte limpio y sin dudas, no muy profundo, que los atravesaba horizontalmente pero que no le impedía que me mirasen con dureza. Unos ojos que contrastaban con el cariño de su mano en mi cara. Tal era su forma de traspasarme que parecía que me castigara y recompensara al mismo tiempo. Sin llegar a saber nunca que era lo que quiso de mí…
Y así un día me desperté sin él, sin sus sonrisas por las mañanas y sus miradas por las noches. Únicamente me quedó el precio que pagó. La consecuencia de infravalorarlos. El brazo, con el que acompañaba los susurros con mimos todas las noches, me esperaba en el umbral de nuestra puerta.
Sin embargo, tras días y días sin él, en una noche cualquiera salí hacia el dichoso pozo sin saber realmente porque. Mi mente recuerda haber tenido innumerables excusas en aquella oscuridad, pero ninguna lo suficientemente pesada para retirarme de la misión. Y mi cuerpo así lo hizo… Anduve despacio, con cuidado de donde ponía los pies. No quería hacer ruido, no quería tener que entrar en una carrera contra un Trasegador. Podía ser curiosa pero no tan estúpida. Ya que podía imaginarme claramente cuál sería el resultado. Sin embargo toda precaución fue poca...
Tras el desangrado, mi encierro y transformación se lo tomaron con paciencia. Se aprovecharon de mi miedo abrir los ojos, temiendo cada pasó de la sombra tras mi celda. Consiguieron, no sé cómo, que los mantuviera cerrados todas y cada una de las noches. Separando mente, espíritu y alma de mi cuerpo impaciente. Aunque me temo que sí sé cómo alcanzaron mi desesperación por el hierro azucarado.

Noto como ella vuelve, se relaja tras beber con ansia cada recuerdo. A la vez que él trasiega la sangre de quien quiera que tenga bajo sus pies.Ella no sabe cómo ha llegado hasta ahí, cómo él le ha dado caza. Pero apenas le importa, simple y sencillamente le da igual. La sangre la calma, parece curar heridas abiertas. Tendiendo puentes inexistentes con su sabor dulce, metálico, como a hierro forjado. Pero desgraciadamente la noche es larga y,para él, nunca suficiente.

Una figura desdibujada, eso fue lo último que mi mente recuerda haber visto con sus propios ojos bien abiertos.Un Trasegador. No había visto nunca ninguno pero no me equivocaba, no podía hacerlo. Me sostuvo por el cuello con su único brazo, enmudeciéndome de golpe. Después solo pude sentir dolor. Su mano me aferró la cabeza, abarcándola casi por completo y sin cuidado alguno. Obligándome a desviar la vista de sus dedos ennegrecidos por la sangre seca. Pero antes del golpe que lo terminaría todo, sus ojos cerrados brillaron gracias a la luna, la pena y su cicatriz.




Si te ha gustado…

Mónica, nuestra misteriosa escritora de la Nebulosa de Historias, vuelve a sorprendernos esta vez con un relato inquietante de Halloween. El estilo único y sorprendente del relato nos envuelve en un halo de misterio, ¿qué es un Trasegador? ¿qué hay dentro de ese pozo? Todos estos aspectos, tal y como nos dice su escritora, se dejan a la imaginación del lector, ya que muchas veces es peor lo que nos imaginamos que la realidad.
Dicho esto, espero que os haya gustado el relato y que dejéis vuestros comentarios, dudas y opiniones al respecto.

Y un saludo de Silvia!!